La situación de los niños y niñas que habitan en zonas geográficas marcadas por conflictos y crisis, muestra una infancia que no solo está perdiendo su presente, sino que está siendo vulnerada de forma casi irreversible.
La situación de las niñeces en zonas de conflicto y crisis humanitarias es, quizás, la evidencia más dolorosa de la incapacidad del mundo adulto para proteger el futuro de la humanidad y una muestra fehaciente de la vulneración de sus derechos fundamentales.
Considerando tanto guerras abiertas como espacios de crisis crónicas a nivel mundial, la situación de nuestras infancias ha estado invisibilizada. Pareciera que ya la humanidad no se estremece al saber que una niña o un niño que crece bajo el sonido de bombardeos, desarrolla un estado de alerta permanente que altera su desarrollo cerebral y con ello la pérdida del habla, pesadillas crónicas y trastornos de ansiedad severos. Tampoco frente a situaciones de emergencia silenciosa o crisis humanitaria compleja, que enfrenta a las infancias a espacios de rupturas de su núcleo familiar por la migración masiva. Esta exposición a situaciones de alto estrés y pérdida de apegos, genera vacíos emocionales y una sensación de abandono difícil de superar.
Por otro lado, la desnutrición sigue siendo uno de los mayores desafíos. Efectivamente un niño o niña que no recibe los nutrientes necesarios en sus primeros mil días de vida, sufre retraso en su crecimiento y en sus capacidades cognitivas. La inasistencia a centros educativos y la falta de educadores y educadoras y servicios de salud básicos, significa un gran retroceso para las infancias.
Pero la tragedia de estas infancias, no es solo de vulneración, violencia o hambre, sino también lo es de indiferencia. Mientras los presupuestos militares aumentan, la financiación para la ayuda humanitaria infantil, disminuye. Nuevamente se da la paradoja. Un niño o niña en una zona de guerra o en una crisis económica y social, no tiene la culpa de las decisiones políticas o los conflictos territoriales, pero es quien paga el precio más alto.
La colaboración internacional no depende solo de gobiernos. La presión ciudadana para visibilizar este tema en la agenda política y el apoyo a organizaciones que tienen presencia directa en el terreno, son formas efectivas para atender esta gran crisis mundial que afecta a nuestras infancias y a miles de personas. Se trata de restaurar el derecho a ser niño y niña: el derecho a jugar sin miedo y a estudiar con la certeza, de que habrá un mañana.
Consejo Chile
Revista Infancia Latinoamérica. Marzo, 2026.

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